El Gran Chaco es el segundo bosque más grande de América del Sur, después de la Amazonía. Se extiende por Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil, cubriendo casi un millón de kilómetros cuadrados de bosques secos, humedales y pastizales que albergan una biodiversidad extraordinaria. Y en silencio, lejos de las cámaras del mundo, está siendo destruido a una velocidad que alarma a los científicos. En las últimas dos décadas, el Chaco ha perdido más del 20% de su cobertura forestal original, principalmente por el avance de la soja y la ganadería extensiva. La tasa de deforestación en el Chaco paraguayo es hoy una de las más altas del planeta, superando en algunos períodos incluso a la de la Amazonía brasileña. Pero frente a este avance aparentemente imparable, las comunidades indígenas qom, wichí, guaraní y ayoreo están respondiendo con una combinación de resistencia territorial directa, litigios judiciales y monitoreo satelital que está dando resultados concretos. En Argentina, comunidades wichí del Chaco salteño ganaron en 2024 una batalla judicial histórica que obligó a suspender permisos de desmonte en 400.000 hectáreas de territorio ancestral. En Paraguay, la comunidad ayoreo totobiegosode, uno de los últimos pueblos en contacto voluntariamente reducido de América del Sur, logró que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenara al Estado paraguayo proteger su territorio de las topadoras. La lucha del Gran Chaco es la lucha de toda América Latina por decidir qué futuro quiere para sus territorios y sus pueblos.