La Generación del Regreso: Jóvenes Venezolanos en Colombia Transforman Barrios Marginados en Polos de Innovación Social
Un estudio de la Universidad de los Andes documenta cómo migrantes venezolanos de 18 a 30 años han fundado 340 emprendimientos sociales en barrios de Bogotá y Medellín desde 2022. Estos proyectos, que van desde bibliotecas comunitarias hasta academias de programación, están rediseñando la integración migratoria como un motor de desarrollo urbano en lugar de un problema social.
En el barrio El Oasis de Ciudad Bolívar, al extremo sur de Bogotá, donde las calles empinadas de tierra roja se convierten en ríos de lodo durante las lluvias y los buses no llegan, un joven venezolano de 26 años llamado Daniel Méndez transformó un garage abandonado de 25 metros cuadrados en algo que el barrio nunca había visto: una biblioteca digital con internet gratuito, impresora 3D y tres computadoras donadas por una ONG internacional. Lo que comenzó como un refugio personal para estudiar programación se convirtió en el Centro Nómada, un espacio que atiende a más de 80 niños y adolescentes del barrio cada semana, la mayoría de ellos colombianos de familias que nunca habían tenido acceso a tecnología educativa.
Daniel es uno de los 2,847 jóvenes venezolanos entre 18 y 30 años que, según un estudio reciente de la Universidad de los Andes y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), han fundado emprendimientos sociales formales o semifor-males en barrios populares de Bogotá y Medellín entre 2022 y 2026. La investigación, que mapeó 340 iniciativas con entrevistas a fondo con 89 fundadores, revela un fenómeno que desafía las narrativas dominantes sobre la migración venezolana en Colombia: en lugar de competir por empleos escasos o depender de asistencia humanitaria, estos jóvenes están creando infraestructura social donde el Estado y el mercado tradicional no llegan.
"La migración no es solo una crisis; es una oportunidad de reconstrucción urbana desde abajo", afirma la socióloga María Clara Torres, directora del estudio. "Estos jóvenes llegaron con educación truncada por la crisis venezolana, pero con una resiliencia y una necesidad de reconstruir redes sociales que los convierte en emprendedores naturales en contextos de pobreza estructural."
Las iniciativas documentadas se clasifican en cuatro áreas principales: educación informal (42%), economía circular y reciclaje (23%), arte y cultura comunitaria (19%), y salud preventiva/barberías solidarias (16%). En Medellín, la Escuela de Código Fronterizo en el barrio Moravia —fundada por tres venezolanos y dos colombianos— ha graduado a 112 jóvenes como desarrolladores web junior, de los cuales el 67% consiguió empleo remoto en empresas de tecnología. "Nosotros no competimos con las universidades; competimos con la desesperanza", dice Leonardo Ruiz, de 24 años, uno de los cofundadores.
El impacto económico directo es modesto pero significativo. Los emprendimientos sociales generan en promedio 2.3 empleos directos cada uno, mayoritariamente para residentes colombianos de los mismos barrios. El efecto multiplicador es más notable: cada peso invertido en estos proyectos por donantes o microcréditos genera 3.7 pesos en valor social estimado, según un modelo desarrollado por economistas de la Universidad de los Andes que incluye reducción de violencia juvenil, aumento de matriculación escolar y disminución de embarazos adolescentes en zonas de influencia.
En el barrio Villa Hermosa de Medellín, la cooperativa Manos del Río recolecta plásticos de quebradas contaminadas y los transforma en mobiliario urbano —bancas, macetas, contenedores— que vende a la Alcaldía. La fundadora, Yulimar Pérez de 29 años, explica la lógica: "En Venezuela yo era ingeniera química en una planta de Pdvsa. Aquí nadie me validó mi título. Pero el barrio me pidió que limpiara la quebrada porque la basura tapaba el agua cuando llovía. Ahora tengo ocho empleados, seis colombianos, y la quebrada está limpia."
Los desafíos son enormes. El 68% de los emprendimientos reporta dificultades para acceder a financiamiento formal, ya que muchos fundadores no tienen historial crediticio en Colombia o estatus migratorio regularizado. El 45% enfrenta hostilidad ocasional de residentes locales que perciben la migración como competencia por recursos escasos. Y la inestabilidad normativa —cambios en políticas de regularización entre gobiernos— mantiene una incertidumbre que desincentiva inversiones a largo plazo.
No obstante, algunas señales institucionales son alentadoras. La Alcaldía de Bogotá lanzó en 2025 el programa Jóvenes Construyendo Paz con Migración, que canaliza microcréditos de 5 a 15 millones de pesos a emprendimientos sociales liderados por migrantes en barrios prioritarios. La Alcaldía de Medellín creó una mesa de articulación entre emprendedores venezolanos y la Ruta N, el distrito de innovación de la ciudad, que ha derivado tres proyectos a su programa de incubación.
Lo que distingue a esta generación de emprendedores es su concepción de la comunidad. En lugar de modelos extractivos de negocio, diseñan organizaciones donde los beneficiarios son simultáneamente clientes, empleados y copropietarios. El Centro Nómada de Daniel Méndez no cobra por sus servicios educativos, pero los adolescentes que lo utilizan deben contribuir dos horas semanales de mantenimiento o enseñanza a niños más pequeños. "Es un círculo", dice Daniel. "Yo recibí ayuda cuando llegué, ahora doy ayuda, y los que reciben ayuda aprenderán a darla. Eso es lo que el barrio necesita: no caridad, sino cadenas."
En una América Latina donde las ciudades crecen desordenadamente y las fronteras internas entre marginación y modernidad se acentúan, estos jóvenes venezolanos están demostrando que la migración puede ser una fuerza de regeneración urbana. No traen solo manos de obra; traen visión de comunidad, urgencia de reconstrucción y la convicción de que los barrios olvidados no están condenados a ser eternamente periféricos.
Fuente original: Curionex AI ↗
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