En el Hospital Estadual Delphina Rinaldi Abdel Aziz, en Manaos, hay una sala que huele a copaíba y a muña. No es una tienda de hierbas ni un espacio alternativo marginal: es la Sala de Medicina Tradicional Indígena, donde curanderos certificados de seis etnias amazónicas atienden a pacientes junto a médicos convencionales en un modelo de salud intercultural que está cambiando la forma en que Brasil piensa la atención sanitaria.

El programa, llamado Saúde da Floresta, nació en 2022 como iniciativa del gobierno del estado de Amazonas y la Fundación Nacional de Salud (FUNASA). Su premisa es simple pero revolucionaria: para las comunidades ribereñas e indígenas del Amazonas, la medicina occidental sola no funciona. Las tasas de abandono del tratamiento superaban el 60% en zonas remotas, no por falta de acceso sino por desconfianza cultural y por la incompatibilidad entre los sistemas de creencias de los pacientes y los protocolos médicos convencionales.

La solución fue integrar, no reemplazar. Los pajés y curanderos participan en el diagnóstico inicial, explican los tratamientos en lenguas nativas, preparan remedios vegetales complementarios —siempre bajo supervisión farmacológica para evitar interacciones— y acompañan a los pacientes durante la hospitalización. Los médicos, a su vez, reciben formación en etnobotánica y en los sistemas de creencias de las comunidades que atienden.

Los resultados después de cuatro años son notables. El abandono del tratamiento en las comunidades participantes cayó del 62% al 22%. La adherencia a los esquemas de medicación para enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión mejoró un 38%. Y algo más difícil de medir pero igualmente importante: la confianza de las comunidades en el sistema de salud público aumentó de forma significativa, con un incremento del 55% en las consultas preventivas.

El programa también ha generado conocimiento científico valioso. Investigadores de la Universidad Federal de Amazonas han documentado más de 120 plantas medicinales utilizadas por los curanderos participantes, de las cuales 18 muestran propiedades farmacológicas de interés que están siendo estudiadas en laboratorio. Tres de ellas tienen potencial como antiinflamatorios naturales con menor perfil de efectos secundarios que los fármacos convencionales.

No todo ha sido sencillo. El programa enfrentó resistencia inicial de sectores de la comunidad médica que veían la integración como una concesión a la pseudociencia. La clave fue establecer protocolos claros: los remedios vegetales solo se usan como complemento, nunca como sustituto de tratamientos con evidencia clínica, y cada planta utilizada pasa por un proceso de validación toxicológica.

Hoy, Saúde da Floresta opera en 23 municipios del estado de Amazonas y el gobierno federal estudia replicarlo en otros estados con alta población indígena como Pará, Mato Grosso y Roraima. Para los curanderos participantes, el reconocimiento institucional de su saber es también una forma de justicia histórica. "Nuestros abuelos curaban con la selva. Ahora la selva y el hospital curan juntos", dice el pajé Raimundo Tukano, uno de los pioneros del programa.