El Pacífico colombiano vibra con un canto que no se escuchaba con tanta fuerza desde hace veinte años. La temporada de avistamiento de ballenas jorobadas que concluye este septiembre ha dejado cifras históricas: más de mil ejemplares fueron registrados entre Cabo Corrientes y la ensenada de Utría, un aumento del 40% respecto al ciclo anterior y el mayor registro desde que la Fundación Macuáticos comenzó su censo sistemático en 2004. Los cetáceos, que migran cada año desde las frías aguas antárticas hasta los trópicos para reproducirse, parecen haber encontrado en las costas del Chocó un santuario renacido.

La explicación no es únicamente natural. Durante los últimos tres años, un consorcio de comunidades afrodescendientes, pescadores artesanales y biólogos marinos implementó en la región el programa Corredor Azul Pacífico, que combina vigilancia satelital con patrullaje comunitario para erradicar la pesca ilegal con red de arrastre, la principal causa de mortalidad accidental de ballenas en décadas pasadas. "Antes encontrábamos una o dos ballenas varadas por año con huellas de hélice o redes enredadas en sus aletas", relata el capitán Elías Palacios, líder de una asociación de pescadores en Nuquí. "Este año no hemos tenido ni un solo caso. Las ballenas nos están diciendo que algo cambió".

Los avistamientos se concentraron especialmente en el Parque Nacional Natural Utría, donde las aguas protegidas ofrecen condiciones ideales para la reproducción. Científicos de la Universidad del Valle documentaron 34 parejas con crías, un número que duplica el registrado en 2023. Las crías, que nacen con un peso aproximado de una tonelada y miden cinco metros de largo, pasan sus primeros meses en las cálidas aguas costeras antes de emprender el viaje de ocho mil kilómetros hacia los polos junto a sus madres.

El fenómeno ha reactivado el turismo de avistamiento sostenible en una región históricamente golpeada por el abandono estatal y la violencia. Operadores locales reportan un aumento del 120% en reservas para excursiones de observación responsable, donde los botes mantienen una distancia mínima de cien metros y limitan el tiempo de observación a treinta minutos por grupo. "El turismo de ballenas nos enseñó que conservar no es dejar quieto, es usar sin destruir", afirma Maricela Mosquera, dueña de una posada ecológica en Bahía Solano. Los ingresos generados se destinan en un 30% a fondos comunitarios de vigilancia marina.

Investigadores de la Universidad Javeriana y el Scripps Institution of Oceanography de California analizan muestras de piel recolectadas mediante biopsias no invasivas para entender la salud nutricional de la población migratoria. Datos preliminares sugieren que los ejemplares están llegando más robustos, con un aumento medio del 8% en su capa de grasa, indicador clave de su capacidad reproductiva. "Una ballena bien alimentada es una ballena que canta más y se reproduce con éxito", explica la bióloga marina Camila Restrepo. "Estamos escuchando un coro más fuerte porque el océano les está devolviendo lo que les quitamos".

Aunque la recuperación es esperanzadora, los expertos advierten que una sola temporada favorable no garantiza la tendencia. El cambio climático altera las rutas de alimento del krill en la Antártida, y el aumento de la temperatura oceánica podría desplazar las zonas de reproducción hacia latitudes más altas. Por ahora, sin embargo, las comunidades del Pacífico colombiano celebran cada salto, cada chorro de vapor y cada canción que resuena bajo la superficie como una victoria compartida entre humanos y gigantes del mar.