En una decisión que podría reconfigurar el panorama de la salud mental en el continente, el Ministerio de Salud del Perú publicó el viernes pasado la Resolución Ministerial N° 847-2026, que establece los protocolos clínicos para el uso de ayahuasca en hospitales públicos nacionales. Perú se convierte así en el primer país de América Latina —y uno de los pocos en el mundo— en regularizar el uso terapéutico de esta bebida psicodélica dentro de un marco médico institucional.

La resolución autoriza el uso de ayahuasca en sesiones supervisadas para pacientes diagnosticados con depresión mayor resistente a tratamiento, trastorno de estrés postraumático (PTSD) y adicciones severas, siempre que hayan fracasado al menos dos líneas de tratamiento farmacológico convencional. Los protocolos exigen la presencia simultánea de un médico psiquiatra, un psicólogo clínico y un curandero licenciado —una figura híbrida que combina conocimiento tradicional amazónico con formación académica en psicología o medicina.

El proceso de regulación tomó más de cinco años y fue impulsado por los resultados preliminares del estudio AYA-PUCP, realizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú en colaboración con el Centro de Investigación e Innovación de la Selva (CINCIA). En una muestra de 134 pacientes con depresión resistente, el 67% mostró una reducción superior al 50% en la escala de Hamilton para depresión tras tres sesiones guiadas con ayahuasca, en comparación con un 18% en el grupo de control que recibió placebo.

El Dr. Javier Ríos, psiquiatra y director del programa, explica que el éxito del protocolo depende de la integración respetuosa entre dos sistemas de conocimiento. La ayahuasca no es una píldora; requiere preparación dietética, un entorno seguro y un proceso de integración terapéutica posterior. Ignorar estos elementos, advierte, no solo reduce la eficacia sino que puede retraumatizar a pacientes vulnerables. Por eso, la resolución exige que los hospitales cuenten con espacios diseñados específicamente para estas sesiones, con iluminación natural, acceso a naturaleza y ausencia de estímulos tecnológicos.

La decisión no está exenta de controversia. La Iglesia Católica peruana emitió un comunicado expresando preocupación por el uso de una sustancia que considera ligada a prácticas no cristianas, aunque no ha formalizado una oposición legal. Por su parte, organizaciones indígenas amazónicas como la AIDESEP han planteado la necesidad de salvaguardas para proteger el conocimiento tradicional y evitar que la medicalización de la ayahuasca termine por desplazar a los curanderos originarios de sus propias prácticas.

El modelo peruano está siendo observado con atención en toda la región. En Brasil, el uso de ayahuasca en contextos religiosos está protegido desde 1987, pero su aplicación clínica permanece en un vacío legal. Colombia y Ecuador han iniciado conversaciones similares, mientras que en Chile y Argentina, grupos de investigación académica presionan por protocolos de uso compasivo para pacientes terminales. La pregunta que subyace es si América Latina, cuna de estas tradiciones milenarias, puede liderar una revolución en la salud mental que otros continentes apenas comienzan a vislumbrar.