En septiembre de 2026, un informe de las pruebas PISA 2025 confirmó lo que muchos educadores latinoamericanos temían: la región enfrenta un retroceso educativo grave y generalizado. Argentina, México, Colombia y Chile registraron caídas significativas en matemáticas, lectura y ciencias, evidenciando brechas persistentes, infraestructura deficiente y un creciente impacto negativo del uso de celulares e inteligencia artificial en el entorno escolar. La pandemia dejó secuelas que aún no se han revertido, pero los nuevos datos sugieren que los problemas van más allá de los cierres temporales de aulas.

El informe, divulgado en septiembre de 2026, arroja cifras preocupantes. La región no solo no recuperó los niveles pre-pandemia, sino que en algunos casos profundizó su distancia respecto a los estándares de la OCDE. La brecha entre escuelas públicas y privadas se ha ampliado, y dentro de las escuelas públicas, la desigualdad entre urbano y rural se ha consolidado como un factor determinante del rendimiento académico. Los estudiantes de zonas rurales en países como Perú, Bolivia y Guatemala enfrentan infraestructuras sin conectividad, docentes sin formación continua y materiales educativos obsoletos.

Un factor novedoso y especialmente alarmante es el impacto del uso de celulares en las escuelas. Los datos PISA 2025 muestran una correlación negativa entre el acceso libre a dispositivos móviles durante las clases y el rendimiento académico. No se trata de una condena a la tecnología, sino de la ausencia de protocolos pedagógicos que orienten su uso. Mientras en algunos países asiáticos los celulares se integran como herramientas de aprendizaje supervisado, en América Latina su uso mayoritariamente consiste en distracción no regulada durante el horario escolar.

La inteligencia artificial, paradójicamente, aparece tanto como problema como posible solución. El informe señala que el uso de IA generativa para completar tareas escolares sin comprensión real está erosionando las habilidades de pensamiento crítico. Al mismo tiempo, algunos sistemas educativos de la región —especialmente en Chile, Uruguay y partes de Argentina— experimentan con tutores virtuales y plataformas de aprendizaje adaptativo que podrían, si se implementan correctamente, compensar la falta de docentes especializados en zonas remotas. La clave, según los analistas de la OCDE, no está en prohibir la tecnología, sino en formar a los docentes para usarla como aliada pedagógica.

La infraestructura sigue siendo un cuello de botella crítico. Miles de escuelas rurales en América Latina carecen de conectividad a internet, electricidad estable y baños dignos. En este contexto, discutir sobre tablets y IA resulta casi obsceno. La prioridad sigue siendo la misma de hace décadas: docentes bien formados, salarios dignos, bibliotecas funcionales y aulas que no se derrumben cuando llueve. Sin estas bases, cualquier inversión en tecnología educativa es maquillaje sobre ruinas.

¿Por qué importa?

La educación es el determinante más poderoso de la movilidad social en América Latina. Cuando un estudiante de una escuela pública rural en México o Perú sale de la primaria sin leer adecuadamente, su trayectoria de vida ya está condicionada. La crisis educativa no es un problema pedagógico abstracto: es una sentencia de pobreza heredada. Y cuando la región completa retrocede en PISA, no retrocede un país: retrocede una generación entera.

Análisis Curionex

Curionex interpreta los resultados PISA 2025 como un síntoma de una crisis más profunda: el abandono institucional de la educación pública. No es casual que el retroceso sea generalizado en países con distintos modelos económicos y políticos. Lo que comparten Argentina, México, Colombia y Chile es una década de subinversión en educación básica como proporción del PIB. La tecnología no es la causa del problema, pero sí lo agrava cuando se introduce sin formación docente. Curionex propone una perspectiva incómoda: la obsesión latinoamericana con la "innovación educativa" —tablets, plataformas digitales, IA— ha servido para desviar la atención de lo fundamental. Finlandia, líder histórico de PISA, no lo logró con tecnología, sino con docentes altamente capacitados, salarios competitivos y autonomía pedagógica. La lección para América Latina es que la educación es un problema de recursos humanos, no de dispositivos. Hasta que no se invierta en formar y retener a los mejores docentes en las escuelas más vulnerables, ninguna app cambiará el destino de un niño en el altiplano boliviano o la sierra oaxaqueña.

América Latina tiene una deuda pendiente con sus escuelas públicas. Los resultados PISA 2025 la han medido con precisión implacable. La pregunta que la región debe responder no es qué tecnología comprar, sino si está dispuesta a pagar el precio político de priorizar la educación de sus hijos por encima de cualquier otro gasto. La respuesta, al menos hasta ahora, no ha sido la correcta.