Mientras el Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento regional del 2,2 % para América Latina en 2026, un pequeño país del Caribe sur está desafiando todas las proyecciones. Guyana, la antigua colonia británica de apenas 800.000 habitantes, registra tasas de crecimiento de dos dígitos impulsadas por el auge de su sector petrolero. Las reservas descubiertas en aguas territoriales guyanesas por el consorcio ExxonMobil- Hess- CNOOC se han convertido en una de las historias económicas más sorprendentes del continente. Pero detrás de los números vertiginosos se esconde una pregunta incómoda que la región conoce demasiado bien: ¿el petróleo garantiza el desarrollo, o simplemente posterga la crisis?

El contraste con el resto de Sudamérica es abrumador. Mientras Brasil lucha por alcanzar el 1,6 % de crecimiento y México se estanca en el 1,5 %, Guyana experimenta una expansión económica comparable a la de los tigres asiáticos en sus mejores momentos. La inversión extranjera directa ha inundado el país, el gasto público se ha multiplicado y la clase media emergente consume con un optimismo que hace una década hubiera sido inconcebible en una nación tradicionalmente catalogada como una de las más pobres del hemisferio.

La sombra de la maldición de los recursos

América Latina tiene una relación larga y complicada con la abundancia natural. Venezuela, antes del colapso, poseía las reservas petroleras más grandes del planeta. Ecuador vivió décadas de bonanza petrolera que no impidieron la desigualdad crónica. Bolivia, con sus gigantescos yacimientos de gas, sigue siendo uno de los países más pobres de la región. La "maldición de los recursos" —el fenómeno por el cual los países ricos en materias primas tienden a crecer menos y a ser más desiguales— no es una ley inexorable, pero sí una tendencia estadística robusta que Guyana ignora a su propio riesgo.

Los economistas del Banco Mundial y del FMI han advertido que la dependencia de un solo producto de exportación genera vulnerabilidades estructurales. La volatilidad de los precios internacionales del crudo puede transformar superávits en déficits en cuestión de meses. La apreciación del tipo de cambio —conocida como el "síndrome holandés"— puede asfixiar sectores productivos no extractivos como la agricultura y el turismo. Y la corrupción, históricamente correlacionada con grandes flujos de renta petrolera, representa una amenaza constante para la gobernanza.

Una apuesta por la institucionalidad

Guyana no es ajena a estos riesgos. El gobierno ha creado fondos soberanos destinados a canalizar una parte de los ingresos petroleros hacia infraestructura, educación y salud. La idea, teóricamente sólida, es evitar que el dinero se disipe en gasto corriente y construir instead un colchón financiero para las generaciones futuras. Sin embargo, la implementación ha enfrentado críticas por falta de transparencia y por la lentitud con la que los recursos llegan a proyectos concretos.

Además, el boom petrolero ha exacerbado tensiones étnicas históricas entre la población de origen indio y la de origen africano, divisiones que la política guyanesa ha instrumentalizado durante décadas. La distribución equitativa de la renta petrolera se ha convertido en un asunto de supervivencia democrática en un país donde la polarización política sigue siendo profunda.

¿Por qué importa?

Para América Latina, Guyana es un experimento en tiempo real. Si el país logra transformar su bonanza petrolera en desarrollo sostenible, diversificación productiva y reducción de la desigualdad, se convertirá en un modelo para otras naciones extractivistas del continente. Si fracasa, se sumará a la larga lista de países latinoamericanos que desperdiciaron su herencia natural en corrupción, despilfarro y conflictos sociales.

Análisis Curionex

Guyana representa el dilema extractivista en su forma más pura: un país que descubre riqueza antes de haber construido las instituciones necesarias para administrarla. La comparación con Noruega —el caso paradigmático de gestión responsable de renta petrolera— es tentadora pero engañosa. Noruega ya tenía una burocracia eficiente, un Estado de bienestar consolidado y una cultura de transparencia cuando explotó el North Sea. Guyana carece de esos andamiajes institucionales. La apuesta de Georgetown no debería ser imitar a Oslo, sino aprender de las tragedias de Caracas y Quito. El verdadero desafío no es cuánto petróleo extrae Guyana, sino cuánta diversificación económica logra antes de que los pozos se sequen. En América Latina, la historia muestra que los países que dependen de un solo recurso terminan dependiendo de un solo comprador. Guyana tiene una ventana de oportunidad de quizás dos décadas. Lo que haga con ellas definirá su destino para el siglo XXII.

El oro negro fluye abundante bajo el fondo marino guyano. Pero en América Latina, la abundancia siempre ha sido un examen más difícil que la escasez.