El desierto de la Pampa de Jumana, en la costa sur de Perú, ha sido escenario de un descubrimiento que obliga a reescribir los capítulos iniciales de la historia del arte monumental americano. Un equipo de arqueólogos de la Universidad Nacional de San Marcos, en colaboración con el Instituto Max Planck de Ciencia de la Historia Humana, ha identificado 47 nuevos geoglifos mediante el uso de drones equipados con cámaras multiespectrales y algoritmos de inteligencia artificial entrenados para detectar anomalías topográficas.

Lo que distingue a estos diseños de las conocidas Líneas de Nazca es su antigüedad. Las dataciones por termoluminiscencia realizadas sobre cerámica asociada a los trazos indican que fueron creados entre el 600 y el 100 a.C., durante el apogeo de la cultura Paracas, una civilización que precedió a la Nazca en más de tres siglos. Esto implica que la tradición de crear figuras geoglíficas en el desierto peruano es mucho más antigua y compleja de lo que se asumía, extendiéndose por lo menos durante mil años de historia continua.

Los nuevos geoglifos varían en tamaño entre 15 y 120 metros de longitud. Algunos representan figuras antropomorfas con características que los arqueólogos asocian a chamanes o sacerdotes, con cabezas elongadas —una deformación craneal intencional que la cultura Paracas practicaba como marcador de estatus— y cuerpos rodeados de rayos o líneas ondulantes. Otros diseños representan animales híbridos: felinos con alas de ave, serpientes con patas de mamífero, y una figura que combina el cuerpo de un tiburón con la cabeza de un cóndor, sugiriendo una cosmología que integraba el mar, la tierra y el cielo.

La Dra. Lucía Campos, arqueóloga principal del proyecto, señala que los nuevos geoglifos se concentran en zonas de transición ecológica entre el valle del río Grande y la pampa desértica, un patrón distinto al de las Líneas de Nazca, que se ubican principalmente en la meseta. Esta distribución sugiere que los geoglifos Paracas no eran exclusivamente monumentos para ser vistos desde las alturas, sino que podrían haber funcionado como puntos de congregación para rituales que implicaban movimiento procesional a través de paisajes sagrados.

El uso de inteligencia artificial fue crucial para el hallazgo. Los algoritmos de aprendizaje profundo, entrenados con miles de imágenes de geoglifos ya conocidos, lograron detectar trazos que el ojo humano apenas distingue en fotografías aéreas. Algunas figuras están erosionadas por casi dos milenios de viento y arena, y solo la combinación de índices de vegetación multiespectrales y modelos digitales de elevación permitió revelar su existencia. La tecnología, ironiza Campos, está permitiendo que los descendientes de los creadores de estos monumentos recuperen un patrimonio que el desierto casi había borrado.

El descubrimiento plantea nuevas preguntas sobre la relación entre las culturas Paracas y Nazca. Si los Paracas ya creaban geoglifos de gran escala, ¿la tradición Nazca fue una continuación o una reinversión? ¿Compartían una cosmovisión común, o cada cultura imprimió su propia interpretación sobre un paisaje que ambas consideraban sagrado? Mientras los arqueólogos trabajan en estas respuestas, el Ministerio de Cultura de Perú ha anunciado la ampliación del área protegida de la Pampa de Nazca para incluir los nuevos hallazgos, en un esfuerzo por preservar un legado que, evidentemente, aún guarda secretos bajo su arena.