A 4,800 metros sobre el nivel del mar, donde la atmósfera es tan delgada que las estrellas parecen tocar la tierra, los pobladores de la Puna jujeña en Argentina comparten desde hace generaciones relatos que desafían la explicación racional: luces flotantes que aparecen en las noches despejadas, danzando sobre las lagunas saladas, cambiando de color del azul profundo al naranja intenso y, lo más inquietante, respondiendo a la presencia humana con movimientos que parecen deliberados. Los habitantes de la región las llaman "los visitantes del Abra", y ahora, por primera vez en la historia, un equipo científico de la Universidad de Buenos Aires y el CONICET las ha documentado con instrumental de precisión, obteniendo datos que confunden a los físicos atmosféricos.

El fenómeno se centra en el Abra del Acay, un paso montañoso entre los departamentos de Cochinoca y Yavi, donde la laguna de Puestu Nueva brilla con salinidad cristalina durante el día y se convierte en escenario de luces erráticas durante la noche. Los registros indígenas de los pueblos kolla mencionan estas luces desde el siglo XVI, describiéndolas como "espíritus de los antepasados que vigilan el agua". Los cronistas coloniales las reportaron como "fuegos fatuos gigantes". Y en 1978, el ejército argentino documentó una observación múltiple durante un ejercicio de alta montaña, archivando el incidente como "fenómeno atmosférico sin clasificación".

Lo que distingue esta investigación de intentos anteriores es la sofisticación del equipo desplegado. Durante 45 días consecutivos en el invierno austral de 2026, el equipo del Dr. Ricardo Mendoza —físico especialista en plasma atmosférico— instaló una estación móvil con espectrómetro de alta resolución, magnetómetro de protones, cámaras térmicas y sensores de ionización. Los resultados, preliminares pero asombrosos, muestran emisiones luminosas que no corresponden a ningún espectro conocido de descarga eléctrica, combustión o bioluminiscencia.

"Las luces emiten en longitudes de onda entre 380 y 720 nanómetros, cubriendo prácticamente todo el espectro visible, pero con picos anormales en el ultravioleta cercano que no deberían atravesar la atmósfera a esta altitud sin dispersión extrema", detalla Mendoza en una entrevista desde su laboratorio en Buenos Aires. "Además, las lecturas de ionización del aire aumentan un 300% en un radio de 50 metros alrededor de las luces, sin correlación con actividad eléctrica atmosférica. Es como si el aire mismo se estuviera excitando de manera selectiva."

Las hipótesis actuales se dividen en dos campos. La primera sugiere un fenómeno geológico único: la Puna jujeña es una de las regiones con mayor concentración de minerales conductores de América del Sur, incluyendo vetas de cobre, litio y elementos de tierras raras. Algunos científicos especulan que las diferencias de potencial electromagnético entre la corteza y la ionosfera, amplificadas por la altitud extrema, podrían generar descargas de plasma de baja temperatura que se manifiestan como luces. "Sería un fenómeno similar a las luces de Hessdalen en Noruega, pero en un contexto geológico completamente diferente", compara la geofísica chilena Ana María Vásquez, quien colabora en el estudio.

La segunda hipótesis, más controvertida, apunta a actividad sísmica precursora. El noroeste argentino es una zona de intensa actividad tectónica, y estudios recientes en Japón y China han demostrado que el estrés en rocas ígneas puede liberar cargas eléctricas que ionizan el aire antes de terremotos mayores. El equipo de Buenos Aires detectó microtremores inusuales en los días previos a las apariciones más brillantes, aunque la correlación estadística aún es insuficiente para afirmar una causalidad.

Para las comunidades locales, la ciencia solo confirma lo que siempre supieron. Doña Rosa Quispe, de 82 años, curandera kolla de la comunidad de Casabindo, comparte: "Ellos vienen cuando el agua está en paz y la gente está dividida. No son malos, son advertencias de que algo se mueve bajo la tierra. Ahora los doctores de la ciudad vienen con sus máquinas, pero nosotros ya sabíamos que el Abra tiene memoria y habla con luz."

El equipo científico planea una segunda expedición en noviembre de 2026, durante la temporada de máxima actividad luminosa, con drones equipados con sensores de espectroscopía más sofisticados y balizas de rastreo tridimensional. Si el fenómeno puede ser reproducido y modelado, podría abrir una nueva página en la física atmosférica y, quizás, en la predicción sísmica.

Hasta entonces, las luces del Abra del Acay continúan su danza milenaria sobre las lagunas saladas, desafiando la explicación, alimentando la maravilla y recordándonos que, incluso en la era de los satélites y los supercomputadores, la Puna aún guarda secretos que solo revela a quienes se atreven a mirar las estrellas desde sus 4,800 metros de altitud.