Amazonas, Venezuela. En una zona selvática apenas explorada del alto Orinoco, donde los mapas modernos aún marcan franjas en blanco, un enjambre de drones de cartografía ha revelado un paisaje arqueológico que desafía todo lo que se creía sobre las primeras sociedades complejas de la cuenca amazónica. Un equipo binacional de arqueólogos venezolanos y españoles identificó más de cuatrocientas estructuras de piedra —plazas ceremoniales, terraplenes elevados, cauces de drenaje articulados y posibles observatorios astronómicos— ocultas bajo una capa densa de vegetación secundaria de casi dos metros de altura.

El hallazgo, bautizado provisionalmente como Shirimana, se extiende por más de ochenta hectáreas en la frontera entre Venezuela y Brasil, en una región de difícil acceso que solo puede ser abordada por vía fluvial durante la mitad del año. Las dataciones preliminares por termoluminiscencia sitúan la ocupación principal entre los años 800 y 1100 d.C., lo que la coloca en una época de transición crucial entre los antiguos agricultores del norte amazónico y los primeros estados andinos que dominaron los Andes tres siglos después.

«No es una aldea grande ni un conjunto de caseríos dispersos; es una ciudad planificada con geometría intencional», afirma con rotundidad la arqueóloga española Lucía Fernández-Ortega, directora del proyecto desde su base en Madrid. Los mapas generados por lidar aéreo muestran una red de caminos de tierra estabilizados con grava que conectan diferentes sectores residenciales y productivos. Al centro, una plaza de treinta metros de diámetro rodeada de plataformas de piedra tallada sugiere funciones ceremoniales o políticas de gran envergadura.

Lo más sorprendente para el equipo son los pétroglifos. En bloques de granito de hasta tres toneladas de peso, grabados con motivos de serpientes emplumadas, espirales concéntricas y figuras antropomorfas que recuerdan a los estilos documentados en el Amazonas ecuatoriano y en la región del Caquetá. «La iconografía no es exclusivamente venezolana ni propiamente andina; es una mezcla que no habíamos documentado antes en ningún sitio intermedio», explica con visible emoción el arqueólogo venezolano José Manuel Díaz, quien lleva quince años recorriendo la cuenca del Orinoco.

La hipótesis principal que guía las investigaciones es que Shirimana funcionaba como un centro de intercambio y acumulación de conocimiento entre las cuencas del Orinoco y el Amazonas, controlando rutas fluviales de comercio de hojas de coca, plumas de guacamaya roja y cerámica de alta calidad. «Era un emporio de conocimiento, no solo de mercancías», dice Díaz. «Aquí se reunían chamanes de diferentes etnias para intercambiar información medicinal y astronómica».

El acceso al sitio es tan difícil que los investigadores dependen de helicópteros contratados por donantes internacionales para abastecerse cada mes. El gobierno venezolano ha declarado la zona como patrimonio arqueológico provisional, aunque la falta de recursos económicos limita severamente la protección efectiva en terreno. «Cada temporada de lluvias arrastra sedimentos que podrían sepultar para siempre los grabados más frágiles», advierte Fernández-Ortega. El equipo busca financiación internacional para instalar un programa de protección remota con sensores de movimiento y cámaras satelitales de vigilancia continua.