Del 21 al 25 de septiembre de 2026, más de 60 delegados indígenas de África, Asia y América se congregaron en Nairobi, Kenia, para algo que ninguna cumbre climática había logrado: poner la conservación ambiental en el banquillo de los acusados. Bajo el lema "Nuestra Tierra, Nuestra Naturaleza", 26 pueblos indígenas de 16 países firmaron el Pronunciamiento Indígena de Nairobi, un documento que redefine la lucha ambiental del siglo XXI. No se trata de salvar la naturaleza de las personas, sino de reconocer que la naturaleza solo se salva con las personas que ya la cuidan.

El concepto que articula la declaración —"colonialismo verde"— no es metáfora. Los líderes indígenas documentaron cómo proyectos de parques nacionales, reservas de biosfera, mecanismos REDD+ y créditos de carbono han convertido a las comunidades originarias en obstáculos para la conservación, en lugar de reconocerlas como sus guardianes. La conservación de "tipo fortaleza", que expulsa a los humanos de áreas protegidas, fue rechazada explícitamente como una forma de expropiación disfrazada de ecología.

La voz de América Latina en Nairobi

Líderes latinoamericanos fueron centrales en la cumbre. Luis Canelos, de la nacionalidad Kichwa de Pastaza, Ecuador, enfatizó que los territorios indígenas no son áreas baldías ni sacrificables: son espacios vivos gestionados desde hace milenios por sistemas de conocimiento que la ciencia occidental apenas empieza a catalogar. Marisol García Apagüeño, del pueblo Kichwa de la Amazonía peruana, documentó cómo las áreas naturales protegidas han restringido la caza y la pesca tradicionales, afectando no solo la subsistencia sino la conexión espiritual con deidades que, en la cosmovisión andina, habitan los bosques y los ríos.

Desde Argentina, Jorgelina Duarte, del pueblo Mbya Guaraní, señaló que las experiencias de lucha contra proyectos de carbono en África y Asia son vitales para fortalecer la resistencia en América Latina. La cumbre reveló que el colonialismo verde opera con la misma lógica en los cinco continentes: grandes organizaciones internacionales —WWF, WCS, UICN, Unesco— diseñan proyectos de conservación desde oficinas de Ginebra o Washington, mientras las comunidades locales descubren que sus tierras han sido "donadas" a fondos de carbono sin su consentimiento.

Lo que exigen

El Pronunciamiento de Nairobi es una lista de exigencias concreta, no un llamado abstracto a la justicia. Los firmantes demandan el reconocimiento legal de sus tierras ancestrales, la anulación de proyectos impuestos sin consentimiento libre, previo e informado, la liberación de defensores territoriales encarcelados y la reparación de injusticias históricas. Rechazan explícitamente la geoingeniería, los proyectos REDD+ y los mecanismos de biodiversidad que monetizan la naturaleza sin transferir beneficios a quienes la habitan.

La crítica a las grandes ONG es directa y sin eufemismos. WWF, WCS, UICN y Unesco son nombradas explícitamente como organismos que deben transparencia y respeto a los derechos territoriales. La declaración sostiene que la verdadera conservación no es inherente a los proyectos de conservación; es inherente a los sistemas tradicionales de gestión indígena que estos proyectos a menudo destruyen.

Datos clave verificados

Según reportes de Infobae, EcoTicias y Efe Verde, la cumbre "Nuestra Tierra, Nuestra Naturaleza" reunió a 60 delegados de 26 pueblos indígenas de 16 países. El Pronunciamiento Indígena de Nairobi fue catalogado como la primera cumbre indígena global con el objetivo específico de "descolonizar" las políticas de conservación ambiental. Las comunidades Kichwa de Ecuador y Perú, y el pueblo Mbya Guaraní de Argentina, fueron algunas de las delegaciones latinoamericanas presentes.

¿Por qué importa para Latinoamérica?

América Latina concentra el 40% de la biodiversidad terrestre del planeta y alberga aproximadamente el 8% de la población indígena mundial. Esas dos cifras no son coincidencia: la biodiversidad existe donde los pueblos indígenas resisten. Los proyectos de conservación que expulsan a estas comunidades no solo violan derechos humanos; degradan el mismo ecosistema que pretenden proteger. La cumbre de Nairobi ofrece a los gobiernos latinoamericanos una elección: seguir importando modelos de conservación diseñados en el hemisferio norte, o escuchar a quienes han conservado el Amazonas, los Andes y el Chaco desde antes de que existieran las ONG.

Análisis Curionex

El colonialismo verde es una hipótesis incómoda porque interroga a quienes se consideran aliados de la naturaleza. Los proyectos REDD+ y los créditos de carbono fueron diseñados como mecanismos de mercado para internalizar costos ambientales; en la práctica, han externalizado los costos sociales sobre comunidades que no tienen abogados corporativos. La crítica de Nairobi no es antiambientalista; es una crítica ambientalista más rigurosa. Reconoce que la conservación occidental heredó de su pasado colonial la costumbre de declarar "vacío" lo que está habitado, y de llamar "protección" a la expulsión. Para América Latina, la implicación es inmediata: los gobiernos que han firmado compromisos de carbono neutralidad con la Unión Europea o Estados Unidos deben verificar que esos compromisos no se cumplan a costa de desplazamientos indígenas. Nairobi no es un evento lejano; es un espejo.

La cumbre terminó el 25 de septiembre. Su eco apenas comienza.