Hay artistas que pintan lo que ven, y artistas que pintan lo que no pueden ver pero sí sentir. Belkis Ayón pertenecía a esta segunda especie, escasa y necesaria. Nacida en La Habana en 1967, formada en el Instituto Superior de Arte en los años de la crisis especial, Ayón no tuvo acceso a los grabados japoneses del Museo Metropolitano ni a las litografías de Toulouse-Lautrec en la Biblioteca Nacional. Lo que tuvo fue algo más determinante: una pregunta. ¿Quiénes eran los ñáñigos, los iniciados de la Sociedad Secreta Abakuá, esa hermandad masculina de origen calabarés que llegó a Cuba con los esclavizados del siglo XIX y que sigue operando en la clandestinidad?

La pregunta la obsesionó durante toda su carrera, truncada en 1999 por su muerte a los treinta y dos años. En apenas una década de trabajo intenso, Ayón produjo más de doscientas obras —grabados en colografía, una técnica que ella misma reinventó combinando matrices de cartón con la precisión del grabado tradicional— donde los cuerpos andróginos, las máscaras sin rostro y los rituales iniciáticos de los Abakuá se transforman en un universo visual de una potencia casi litúrgica. Sus figuras no son retratos etnográficos: son presencias. Miran al espectador desde un lugar donde la identidad no está completa, donde la iniciación es simultáneamente una pérdida y una revelación.

En septiembre de 2026, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) inauguró la retrospectiva Mito y desobediencia, la mayor muestra de Ayón en Sudamérica hasta la fecha. La curaduría, a cargo de un equipo binacional argentino-cubano, no presenta a Ayón como una artista "latinoamericana" genérica, sino como un caso específico de desobediencia visual: una creadora que decidió que el grabado —medium minoritario, elitista, históricamente dominado por iconografías europeas— podía servir para hablar de rituales africanos en Cuba, de masculinidad ritual, de secretos que no deben revelarse pero que el arte puede insinuar.

La exposición ocupa tres salas del segundo piso del museo, diseñadas para imitar la oscuridad de la fambá, la cámara ritual abakuá donde los iniciados reciben sus tatuajes sagrados y sus nombres de culto. Las obras de gran formato —algunas de más de dos metros de altura— se exhiben con iluminación tenue que resalta el contraste entre los negros densos de la tinta y los grises sedimentados de las sucesivas pasadas por la prensa. Ayón no usó color. No necesitaba. Su paleta de blanco, gris y negro funciona como una abstracción de la propia clandestinidad abakuá, donde lo visible es solo la superficie de algo que ocurre en la oscuridad.

El título de la retrospectiva, Mito y desobediencia, proviene de un ensayo del crítico cubano Gerardo Mosquera, quien señaló que Ayón "desobedeció" tres órdenes simultáneamente: la del arte cubano oficial, que prefería iconografías revolucionarias o tropicales; la del arte occidental, que no esperaba que una mujer caribeña usara el grabado para hablar de sociedades masculinas secretas; y la propia de la sociedad Abakuá, que prohíbe la representación visual de sus rituales. Ayón nunca fue iniciada: accedió al conocimiento a través de entrevistas, lecturas y una intuición etnográfica que ella misma calificaba de "transgresión necesaria".

El contexto de la muestra en Buenos Aires no es neutral. Argentina, como país receptor de migración cubana en las últimas décadas, ha desarrollado una comunidad cultural cubana significativa, especialmente en el ámbito de las artes visuales y la música. Pero el MALBA no es un espacio comunitario: es una institución de alto perfil internacional, con colecciones de Frida Kahlo, Diego Rivera, Fernando Botero y Antonio Berni. Exhibir a Ayón allí significa situarla en el panteón del arte latinoamericano moderno, al lado de artistas con carreras mucho más largas y mercados mucho más consolidados.

Análisis Curionex

La retrospectiva de Belkis Ayón en el MALBA ocurre en un momento donde el arte latinoamericano está siendo redefinido por dos fuerzas opuestas: la museificación global, que absorbe a los artistas regionales en narrativas universales donde pierden su contexto, y la reivindicación identitaria, que exige que cada obra sea leída exclusivamente como testimonio de una comunidad específica. Ayón es incómoda para ambas posturas. Su trabajo no puede reducirse a "arte cubano" ni a "arte afrodescendiente" ni a "arte feminista", aunque participa de las tres categorías. Y tampoco puede ser neutrizado como "arte universal", porque su tema central —la Sociedad Secreta Abakuá— es ininteligible sin cierto conocimiento de la historia del Caribe colonial.

Lo que Curionex destaca de esta exposición es su capacidad de generar un tercer espacio: el de la mirada atenta. El espectador que entra a la sala del MALBA sin saber quiénes son los Abakuá no recibe una placa explicativa suficiente, pero tampoco queda abandonado a su ignorancia. Las obras de Ayón están diseñadas para funcionar en dos registros: el formal —el dominio del grabado, la composición, el manejo del espacio negativo— y el simbólico —las referencias a rituales de iniciación, sacrificio y transformación—. Un espectador puede apreciarlas estéticamente sin comprender su contexto, pero comprender el contexto multiplica la intensidad de la experiencia. Es una pedagogía visual que no impone, que invita.

Desde la perspectiva de las políticas culturales latinoamericanas, el caso Ayón también plantea una pregunta sobre quién decide qué patrimonio se preserva. La artista murió joven, dejando una obra que no había sido aún absorbida por el mercado internacional. Sus grabados, técnicamente difíciles de reproducir y comercializar, no son "coleccionables" en el sentido convencional. La Fundación Belkis Ayón, creada por su familia en La Habana, ha trabajado durante dos décadas para evitar que el legado se diluya o se falsifique. La colaboración con el MALBA representa un modelo posible: instituciones latinoamericanas que se reconocen mutuamente como depositarias de memoria, sin necesidad de intermediarios europeos o norteamericanos.

La muestra permanecerá en el MALBA hasta enero de 2027 y luego viajará al Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) y al Museo de Arte de Lima (MALI). Es la primera vez que una retrospectiva de Ayón recorre una ruta exclusivamente sudamericana, sin pasar por Miami, Madrid o Nueva York. Esa ruta, quizás, sea el gesto más desobediente de todos.