En un taller de Oaxaca, rodeado de montañas de mezquite y agave, algo insólito ocurre: redes neuronales están aprendiendo a pintar como los antiguos tlacuilos —los escribas y artistas del México prehispánico— y el resultado no es una copia, sino una conversación entre milenios. El colectivo "Codex Machina" ha logrado lo que muchos consideraban imposible: entrenar inteligencia artificial con códices originales para crear obras que dialogan entre la estética del amate y el lenguaje del arte digital contemporáneo.

El proyecto comenzó en 2023, cuando el artista visual David Huerta y la ingeniera en computación Ana Ruiz decidieron alimentar un modelo de generación adversarial (GAN) con imágenes de alta resolución de los Códices Borgia, Dresde y Nuttall, cuidadosamente catalogados en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia. El resultado sorprendió incluso a los creadores: la red no solo replicaba los motivos geométricos y los colores vegetales, sino que generaba composiciones nuevas que respetaban la gramática visual prehispánica.

"La IA no está imitando; está entendiendo," afirma Huerta, mientras muestra una impresión en amate de una obra titulada "Quetzalcóatl Reinventado". "Estos códices tenían reglas estrictas de proporción, color y narrativa espacial. El algoritmo aprendió esas reglas y ahora las aplica a temas contemporáneos: migración, identidad, ecología."

La producción del colectivo ha trascendido fronteras con una velocidad inesperada. Sus piezas físicas —impresiones sobre amate tejido a mano, con capas de pintura acrílica intervenidas digitalmente— fueron exhibidas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) como parte de una retrospectiva sobre arte y tecnología. En el mercado de arte, una de sus obras, "Tlaloc Cibernético", alcanzó un precio de 180.000 dólares en una subasta de Hong Kong, un hito para el arte latinoamericano contemporáneo.

No obstante, el éxito comercial ha generado un debate intenso. Críticos indígenas, como la activista zapoteca Yásnaya Elena Aguilar, han cuestionado si el uso de símbolos sagrados en algoritmos comerciales constituye una nueva forma de apropiación cultural. "La tecnología no neutraliza las desigualdades históricas," señala Aguilar. "¿Quién controla los datos? ¿Quién recibe las ganancias?"

El colectivo ha respondido con una política de retribución comunitaria: el 30% de las ganancias se destina a comunidades indígenas de Oaxaca para proyectos de preservación lingüística, y el dataset de entrenamiento está disponible bajo licencia cultural restrictiva que prohíbe usos comerciales no autorizados por consejos comunitarios.

"Nuestro objetivo no es vender códices, sino reactivar una tradición visual que sigue viva," concluye Ana Ruiz. "El amate y el píxel son solo medios. Lo que importa es que la voz de los tlacuilos siga hablando."