Hay una cifra que resume la transformación económica silenciosa que está ocurriendo en América Latina: el mercado de la economía de creadores en la región, valorado en aproximadamente 10,800 millones de dólares en 2024, se proyecta para alcanzar cerca de 98,000 millones de dólares en 2033. Ese crecimiento, de casi un 900% en menos de una década, no proviene de fábricas, minas ni plantaciones. Proviene de personas que enseñan inglés desde su sala, diseñan logos desde un café, producen podcasts desde su cocina, y venden cursos de fotografía a estudiantes que viven a diez mil kilómetros de distancia.

La economía de creadores —también llamada "economía del creador", "creator economy" o, en su versión más amplia, "economía de la pasión"— no es un sector industrial en el sentido clásico. No tiene sindicatos dominantes, no depende de infraestructura pública masiva, y no aparece en las estadísticas oficiales de empleo con la claridad que tendría una planta automotriz. Y sin embargo, en 2026, es una de las pocas industrias latinoamericanas que crece por encima de la inflación, que genera divisas netas (exporta servicios intangibles), y que permite a jóvenes de barrios populares competir en mercados globales sin necesidad de títulos universitarios, capital semilla o conexiones políticas.

Los datos disponibles sobre el sector provienen de estudios de mercado y plataformas digitales. México, con una penetración de internet superior al 83%, concentra la mayor cantidad de creadores monetizados de la región, seguido por Brasil y Colombia. Las plataformas dominantes no son latinoamericanas —YouTube, TikTok, Instagram, Patreon, Udemy, Kajabi— pero los contenidos que monetizan sí lo son: tutoriales de Excel en español, cursos de producción musical urbana, comunidades de fitness en portugués, y asesorías de marketing digital dirigidas a pymes mexicanas o argentinas.

Lo que distingue a la economía de creadores latinoamericana de su equivalente estadounidense o europea no es la tecnología, que es la misma, sino la motivación. En Estados Unidos, un creador de contenido puede estar buscando independencia creativa o una carrera en entretenimiento. En América Latina, gran parte de los creadores monetizados están buscando algo más básico: ingresos estables en economías donde el empleo formal es precario y la moneda local se devalúa. Un creador mexicano que vende cursos en dólares a estudiantes de España o Colombia está, de hecho, protegiéndose contra la volatilidad cambiaria de su propio país.

El modelo de negocio ha evolucionado rápidamente. La primera ola de creadores latinoamericanos, entre 2015 y 2020, dependía casi exclusivamente de publicidad: ingresos por visualización de YouTube, patrocinios de marcas, y afiliados de Amazon. Ese modelo fue volátil y concentró los ingresos en una élite pequeña. La segunda ola, que comenzó a consolidarse en 2022, se basa en la monetización directa del público: suscripciones, membresías, cursos pagos, consultorías, y venta de productos digitales. Esta transición reduce la dependencia de algoritmos opacos y aumenta la estabilidad del ingreso.

En Brasil, la plataforma de membresías Apoia.se se ha convertido en una infraestructura crítica para creadores que no quieren depender de YouTube. En México, Hotmart —de origen brasileño pero con fuerte presencia mexicana— procesa millones de transacciones anuales de cursos digitales. En Argentina, donde las restricciones cambiarias dificultan las transacciones internacionales, los creadores han desarrollado sistemas informales de cobro mediante criptomonedas stablecoins, cuentas en Uruguay, o plataformas de pago regionales que operan en gris.

Los desafíos son enormes. La informalidad laboral que caracteriza a la economía de creadores significa que la mayoría no tiene seguro social, fondo de pensiones, ni protección ante enfermedades. Cuando un algoritmo cambia, una cuenta puede perder el 70% de sus ingresos de la noche a la mañana. Y la saturación del mercado es real: cada día nacen más creadores que plataformas capaces de monetizarlos. La tasa de abandono en el primer año supera el 80%.

Análisis Curionex

La proyección de que la economía de creadores latinoamericanos pasará de 10,800 a 98,000 millones de dólares en nueve años suena, a primera vista, como otra burbuja de proyecciones tecnológicas. Pero hay un argumento estructural que la sustenta: América Latina tiene la combinación demográfica perfecta para este modelo. Es una región joven (el 60% de la población tiene menos de 35 años), altamente conectada (la penetración de smartphones supera el 75% en la mayoría de los países), y con un sistema educativo formal que no satisface la demanda de habilidades prácticas. Un joven de veintidós años en Guayaquil o Fortaleza no necesita una licenciatura en marketing para vender cursos de Facebook Ads: necesita saber hacer Facebook Ads, saber grabar un video, y saber cobrar. Esas son habilidades que se adquieren en semanas, no en años.

Desde la perspectiva macroeconómica, la economía de creadores introduce una variable que los modelos tradicionales no capturan: la exportación de servicios personales a escala micro. Un contador argentino que cobra en dólares por asesorar a emprendedores uruguayos está, técnicamente, exportando servicios profesionales. Pero no aparece en las estadísticas de comercio exterior porque la transacción ocurre entre individuos, a través de plataformas extranjeras, sin factura ni declaración aduanera. Si estas transacciones se volvieran visibles, el superávit de servicios de varios países latinoamericanos sería probablemente mayor del que reportan los bancos centrales.

El riesgo, sin embargo, es la precarización elegante. La retórica dominante —"sé tu propio jefe", "monetiza tu pasión", "trabaja desde cualquier lugar"— oculta el hecho de que la mayoría de los creadores ganan menos del salario mínimo. La distribución de ingresos en la economía de creadores sigue una curva de potencia mucho más extrema que la de la economía tradicional: el 1% superior gana más que el 99% restante combinado. Y a diferencia de un empleo formal, donde los malos meses son absorbidos por la empresa, en la economía de creadores cada mes malo es una crisis personal. La pregunta para América Latina no es si la economía de creadores crecerá —lo hará— sino si crecerá de forma que distribuya oportunidades o que concentre rentas.

El crecimiento proyectado de la economía de creadores en América Latina, de casi 10,800 millones a 98,000 millones de dólares para 2033, depende en buena medida de factores que escapan al control regional: las políticas de moderación de contenido de las plataformas, la evolución de las regulaciones fiscales transnacionales, y la estabilidad de las monedas locales. Pero lo que ya está demostrado es que millones de latinoamericanos han encontrado en la creación de contenido una forma de inserción económica que no existía hace una década. Eso, por sí solo, justifica la atención.